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ADN Institut centro de genética

¿Qué es el coronavirus?

29-04-2020
¿Qué es el coronavirus?

Para comprender que es el coronavirus primero debemos entender qué es un virus. Un virus es un agente infeccioso que no puede sobrevivir sin infectar a un organismo huésped, con lo que, en general, no se lo considera un ente vivo. La gran mayoría de los virus tienen un tamaño submicroscópico, es decir, no son visibles ni siquiera mediante un microscopio óptico. De hecho, son mucho más pequeños que una bacteria, del orden de entre unas decenas y unos pocos centenares de nanómetros (una millonésima parte de un milímetro). Se conocen miles especies diferentes de virus, aunque se estima que existen cientos de millones, los cuales se componen, básicamente, de material genético, ADN o ARN, y de una estructura proteica que lo recubre llamada cápside. La forma que presenta esta cápside es clave para la distinción morfológica entre diferentes tipos de virus (con cápside helicoidal, con cápside icosaédrica o complejos). Además, algunas especies también presentan una envoltura compuesta por una membrana de lípidos con proteínas insertadas en la misma.

Los virus se reproducen mediante la infección a otros organismos cómo bacterias, hongos, plantas o animales. Una vez en el interior de las células de estos organismos vivos, los virus son capaces de utilizar las diferentes herramientas celulares del huésped para replicarse ellos mismos y así poder infectar más células y organismos.

¿Qué es el SARS-CoV-2?

El SARS-CoV-2 tiene un tamaño de unos 100 nanómetros y su material genético o genoma consiste en una cadena simple de ARN. Su cápside está envuelta por una membrana de lípidos con diversas proteínas insertadas en ella, entre la que se encuentra la proteína S que forma las espículas tan características de este virus y que le servirá como salvoconducto para poder infectar a células humanas y de otros animales.

El SARS-CoV-2 forma parte de la familia de virus Coronaviridae, más conocido como coronavirus, los cuales reciben este nombre por su peculiar morfología en forma de corona que se les distingue al observarlos con microscopia electrónica. Esta familia de virus causa cuadros respiratorios, gastrointestinales, hepáticos y neurológicos en diferentes especies de animales y en humanos. Aunque se han descrito cerca de 40 especies diferentes de coronavirus, siete de las cuales se sabe que son capaces de infectar a humanos, sólo tres han sido capaces de generar grandes epidemias. Una enfermedad epidémica es aquella enfermedad en la que el número de afectados es muy superior al esperado en una población específica durante un tiempo determinado. La primera de estas epidemias fue causada por el virus SARS-CoV y surgió en el sur de China en el año 2002. Su nombre se compone, primeramente, por el término SARS, acrónimo del síndrome que causa en humanos (síndrome respiratorio agudo grave, en sus siglas en inglés, Severe Acute Respiratory Syndrome). Seguidamente, se usa la palabra CoV para definir que forma parte de la familia de los CoronaVirus. La segunda epidemia en humanos generada por un coronavirus la causó el MERS-CoV, surgido en Arabia Saudita en 2012. Su nombre proviene del acrónimo inglés Middle East Respiratory Syndrome (síndrome respiratorio del oriente medio). Hasta la fecha la epidemia generada por el SARS-CoV-2, surgido a finales del 2019 en la ciudad de Wuhan, situada en el este de China, es la tercera de estas grandes epidemias. De hecho, el 11 de marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la COVID-19 (del inglés, COronaVIrus Disease-2019), como pandemia. Es decir, una epidemia que se ha extendido a nivel mundial.

¿Cuál es el origen del SARS-CoV-2?

Aunque se ha hipotetizado mucho sobre la creación del SARS-CoV-2 en un laboratorio, el origen de este coronavirus, así como de los otros dos descritos anteriormente, es animal. De hecho, el reservorio natural de estos virus son los murciélagos. No obstante, se sabe de las experiencias de las anteriores epidemias que el virus ha sido capaz de infectar al ser humano mediante otro animal huésped diferente al murciélago. En el caso del SARS fue la civeta, un animal de la misma familia que las ginetas, y en el caso del MERS fue el dromedario. La elevada capacidad que tiene el virus para mutar sus genes es la que lo habilita para poder realizar estos saltos entre especies. Aunque ya se ha investigado sobre el tema, especialmente con el pangolín malayo, aún es temprano para definir con exactitud qué animal ha sido el huésped intermediario en esta ocasión. Lo que está claro es que es necesario regular la comercialización ilegal de animales salvajes y su consumo sin el debido control sanitario con el fin de poder evitar la transmisión de enfermedades infecciosas al humano mediante animales.

Transmisión del virus y medidas básicas de seguridad

El principal factor de propagación del virus entre humanos es a través de pequeñas gotas de saliva, menores de 0,1 milímetros, que un individuo afectado proyecta cuando exhala el aire, habla, tose o estornuda. Estas gotas permanecen en suspensión a lo largo de un mínimo de un metro y medio en el caso de simples exhalaciones y un máximo de 6 metros en el caso de estornudos. Por este motivo es muy importante seguir las recomendaciones sanitarias y sociales que estableció la OMS: mantener una distancia mínima de seguridad entre individuos de un metro y medio, toser y estornudar en la parte interior del codo y finalmente promover el distanciamiento social.

Otra vía para el contagio es mediante el contacto con superficies infectadas o aerosoles presentes en el aire. Estos últimos son partículas menores de 10 micras (una milésima parte de un milímetro) presentes en el aire. Se calcula que la vida media de un virus presente en estos aerosoles es de cerca de una hora. Así, es importante la toma de medidas extraordinarias de seguridad en espacios cerrados, como son las unidades de cuidados intensivos de los hospitales, en los que los protocolos sanitarios a los pacientes que generan estos aerosoles son habituales. Referente a las superficies, es muy importante desinfectar debidamente cualquier tipo de material que no sepamos del cierto si ha tenido contacto con el virus e intentar reducir al máximo su uso como, por ejemplo, dejar de pagar en efectivo. El uso de guantes y geles hidroalcohólicos, así como lavarse a menudo las manos con agua y jabón son también medidas muy eficaces para no propagar el virus. La eficacia del jabón para combatir el virus reside en el hecho que, como se ha comentado anteriormente, el SARS-CoV-2 presenta una membrana de lípidos, o de grasa, en la que se insertan sus proteínas claves para la infección celular. Como bien sabemos todos, el jabón contiene un componente liposoluble el cual disuelve la grasa. Además, mediante su otro componente hidrosoluble se consigue que la grasa se disuelva en agua.

¿Cuál es el curso infectivo del SARS-CoV-2?


El periodo de incubación de la COVID-19, es decir, el tiempo que se comprende entre la exposición al virus y la aparición de los primeros síntomas, es, de media, de unos cinco días. Entre la sintomatología más común se encuentra la fiebre, la tos seca y la fatiga, aunque los afectados también pueden manifestar dolor de cabeza y de garganta, pérdida del olfato y del gusto o dolor muscular. Los casos más graves, y que engloban cerca del 15% de la totalidad de los infectados, presentan, entre otros, dificultad respiratoria y dolor torácico y requieren de ingreso hospitalario. De hecho, un tercio de estos pacientes con curso grave de la enfermedad requerirán de su internamiento en la unidad de cuidados intensivos y del uso de un respirador. Aunque la tasa de mortalidad en estos casos se sitúa cerca del 50%, este porcentaje puede variar mucho en función de la rapidez con la que se actúa sobre estos pacientes. De hecho, la tasa de mortalidad global de los pacientes con COVID-19 varía mucho entre países, siendo, en general, las tasas de mortalidad más bajas en los países que más esfuerzos realizan en la fase previa diagnóstica. Hecho que dota de máxima importancia la de realizar cribados para la detección del virus y de anticuerpos a la población general. Además de este hecho tan evidente también existen factores sociológicos que podrían aumentar la tasa de mortalidad como presentar una sociedad muy envejecida o tener un contacto muy frecuente con la gente mayor.

Más allá de los casos graves de COVID-19, es muy importante destacar que se calcula que cerca del 30% de los infectados por el virus son asintomáticos, es decir, que no manifiestan ningún síntoma característico de la enfermedad. No obstante, los individuos asintomáticos son igualmente contagiosos con lo que es de vital importancia mantener el distanciamiento social en caso de haber estado recientemente en contacto con una persona infectada. Mientras que un individuo asintomático es contagioso durante unos 14 días desde el día de infección, un paciente con sintomatología grave puede llegar a serlo alrededor de un mes. La detección de todos estos pacientes, mediante test diagnósticos, es evidentemente la mejor forma que tenemos para proteger a la población general. El objetivo de los test no es más que tener un mejor control de quién está infectado y quién no para así poder aplicar normativas temporales más restrictivas a aquellas personas que son contagiosas. Esta estrategia es la clave para promover que el sistema sanitario tenga la capacidad suficiente para acoger a los pacientes que así lo requieran.